HOME    CATÁLOGO 2004   AGENDA  LA EDITORIAL   ENLACES INTERESANTES   E-MAIL  INFORMACIÓN DE COMPRA  

PIRATAS Y CORSARIOS Mallorca, un "cap de creus"

El mar es un paisaje en movimiento. Sin embargo, nuestra representación del espacio marino resulta fundamentalmente estática. Utilizamos una sola palabra para reflejar una realidad múltiple y cambiante, que entraña numerosos procesos en un devenir continuo. En realidad, no existe el mar como entidad abstracta, sino un ente vivo que cambia día a día, incluso momento a momento. Una inmensidad que separa y une a la vez. Las islas nacen del mar y su historia está directamente condicionada por él. Los primeros hombres llegaron a las Balears desde el continente. Por vía marítima se introdujeron los animales domésticos, las especies cultivables, los minerales y los productos de otras tierras. El mar alimentó a los isleños de todas las épocas. Y gracias a las antiguas rutas comerciales, las Balears vivieron los grandes ciclos culturales que recorrían el Mediterráneo.

Ya en la edad moderna, la regularización de las líneas comerciales supuso un impacto económico y social sin precedentes para las Islas. Incluso en nuestros días, el valor del paisaje marino ha resultado la fuente más directa de la riqueza turística. El mar es así protagonista directo del desarrollo humano en las Balears, pero curiosamente apenas ha tenido un reflejo como globalidad en el campo del estudio y la literatura. Para hablar de las Islas y el mar hay que recurrir a visiones sectoriales que tratan de la navegación, la pesca o el comercio. Pero existen pocas obras de conjunto capaces de llevar hasta el lector más general todo cuanto el mar ha significado para nuestras islas.
 









Durante los siglos XIII y sobre todo XIV, el comercio marítimo adquiere en las Balears una gran importancia. Mallorca se convierte en un "cap de creus" fundamental donde convergen las rutas hacia el norte de África, Oriente y Occidente. El historiador Josep M. Quadrado lo describe muy expresivamente: "Era de prosperidad y opulencia corría Mallorca a mediados del siglo XIV. Trescientas naves mayores o de gavia, de las cuales 33 eran de tres puentes, salían del puerto de la ciudad a difundir las producciones del feraz aunque reducido suelo, y los tejidos y artefactos de sus naturales, desde el estrecho de Gibraltar hasta los senos más remotos del mar Negro; desde la tostada Etiopía, Rodas, Alejandría, Jaffa y Constantinopla hasta las cenagosas playas de Flandes, eran tierras familiarizadas con el pabellón mallorquín. El comercio de Berbería, aún no conocido por los venecianos, se hallaba exclusivamente en manos de los mallorquines, que a cambio de aceites y tela extraían de allí preciosas especias y oro finísimo de Tibar, y tenían cónsul y casa de contratación en las ciudades principales de la costa africana".



Palma era lonja de cambio para medio Mediterráneo, en competencia con ciudades tan poderosas como Génova y Venecia. La ruta llamada "la diagonal insular" unía las Balears con Cerdeña y Sicilia, al modo de una columna vertebral del tráfico de un lado a otro del Mare Nostrum. Se exportaban productos de las Islas, como los tejidos mallorquines o la sal ibicenca, y al mismo tiempo la Ciutat de Mallorca servía como puerto de redistribución de productos exóticos, que desde aquí llegaban a otras ciudades del área peninsular. Este comercio secundario llegó a suponer un 60 % del total. Las naves mallorquinas participaron también en las expediciones hacia las Canarias, desde donde se trajeron a la isla algunos guanches, a los que incluso se les enseñó a hablar en mallorquín. La Escuela Cartográfica de Mallorca era de las más prestigiosas. La familia judía de los Cresques elaboró el famoso Atlas Català, considerado como una joya cartográfica y que representaba lo más avanzado de su tiempo.

No es extraño entonces que algunos mallorquines participaran también en descubrimientos y largas expediciones. Jaume Ferrer en 1346 exploró el litoral del África occidental mucho antes que los marinos portugueses. Este intenso tráfico supuso la creación de una clase mercantil muy poderosa, aunque formada en parte por comerciantes extranjeros, sobre todo italianos. En 1313 se fundó una Caixa de Mariners, institución asistencial que se ocupaba de los hombres del mar, y entre los primeros gremios en crearse figuró el de marineros. Una institución fundamental fue el Consolat de Mar, que se estableció en 1326, durante el reinado de Jaume III, y pervivió hasta entrado el siglo XIX. Se trataba de un tribunal especial de Justicia, encargado de atender las causas relacionadas con el comercio marítimo y la navegación. Los Consulados de Mar fueron instituciones pioneras de derecho internacional, haciendo del Mediterráneo un territorio jurídico común. El puerto principal de la ciudad de Palma seguía siendo Portopí, que en 1378 ya contaba con un reglamento. Tal como puede verse en el famoso retablo de Pere Nisard, que se guarda en el Museu Diocesà, el puerto contaba con cuatro torres: la del faro, en el lugar donde se construyó siglos más tarde el castillo de Sant Carles; la torre de señales, que todavía se conserva; la Torre de Paraires, desde la cual se cerraba la entrada del puerto con una cadena unida a la anterior; y otra ya desaparecida que se hallaba cerca de la iglesia de Sant Nicolau.

La limitación de espacio de Portopí obligó a la construcción del Moll Nou junto a las murallas de la ciudad, ya documentado en el siglo XIV. Y en cuanto a las atarazanas, que existían en 1230, fueron cedidas a los jurados de Mallorca por el rey Sanç en 1319. En 1403 se fundó el Col·legi de la Mercaderia, corporación de mercaderes que se encargaba de regular y proteger el comercio, y administraba también los puertos de Portopí y el Moll. Sus representantes podían presentar sus quejas al lugarteniente e incluso al rey, tenían sus propios escribanos y recibían parte de los impuestos que gravaban el comercio. Se trataba de una institución económica de primer orden, que encargó la construcción de sa Llotja al arquitecto Guillem Sagrera, con lo que la ciudad ganaría uno de los monumentos más importantes del gótico civil mediterráneo.


 
Toda esta riqueza comercial derivada del mar acabó entrando en crisis en el siglo XV. La caída de Constantinopla en manos del imperio otomano fue un duro golpe para las rutas orientales, y a la vez generó una inestabilidad política muy perjudicial para los navegantes. Al mismo tiempo, el descubrimiento de América y el apogeo del comercio con el mar del Norte colocó en un segundo plano al Mediterráneo, de lo que las Islas se resintieron fuertemente. Por último, el corso y la piratería se convirtieron desde el siglo XVI hasta finales del XVIII en un factor de inseguridad generalizada.

"Patente de corso"

Como escribió Fernand Braudel: "El corso, esa forma lícita de guerra, no es una actividad privativa de un solo grupo y no conoce un solo responsable o culpable. Es endémico. Todos, miserables y poderosos, ricos y pobres, ciudades, nobles, estados... están enredados en las mallas de una red tendida de extremo a extremo del Mediterráneo, por todas sus orillas". Piratería y corsarismo sólo se diferencian por la legalidad de sus acciones de rapiña. Los corsarios gozaban de la famosa "patente de corso" otorgada por el Estado para atacar las naves y bienes de países enemigos, y debían satisfacer un tanto por ciento de sus ganancias (que podía llegar al 20 %) al erario público. Los corsarios fueron algo así como "empresarios capitalistas" que armaban sus flotas para sacar grandes beneficios. De la actividad corsaria se beneficiaban los nobles, clérigos, comerciantes y familias xuetes, muy relacionadas con el mar. También fue el último recurso de regiones con escasos medios económicos, como ocurrió en la isla de Eivissa, donde los corsarios tienen incluso un monumento.

La piratería era, por el contrario, una depredación no controlada por el Estado, que sin embargo también se beneficiaba de ella. Fue una actividad tradicional en el Mediterráneo desde la Antigüedad, aunque durante los siglos XVI y XVII creció extraordinariamente a causa de los conflictos políticos y la inseguridad reinante. El enfrentamiento de Carlos I con Francisco I de Francia y la alianza de este último con el Imperio otomano convirtió a las Islas en una frontera entre dos mundos: norte y sur, Cristianismo e Islam, Europa y África.

La sombra de los piratas

En 1525 el temido Kaired-Din Barbarroja se instala en Argel y se establecen en la costa norteafricana centros corsarios que se benefician de la alianza con Francia. Comienzan entonces las expediciones de gran envergadura contra las costas de Europa meridional. Las Balears estaban a medio camino.


Uno de los primeros enfrentamientos de importancia se produce el año 1529 en aguas de Formentera, despoblada a causa de la poca seguridad que ofrecía. Otro famoso pirata, un renegado conocido como Drub el Diablo, combatió contra la flota española al mando de Rodrigo de Portuondo. La batalla tuvo lugar frente al islote de s'Espalmador, y algunas crónicas conservan incluso los gritos que se intercambiaron Drub y el capitán español Martín de Arego:

- ¡Dale, dale capitán sobre mi cabeza!
- ¡Pero, dale tú sobre mi cabeza y vente conmigo a Castilla!

Finalmente, vencieron los piratas. Y la leyenda asegura que Drub escondió en Formentera alguno de sus botines. Las salinas de Eivissa fueron otro de los objetivos preferidos para los piratas berberiscos, que se aprovechaban de la desprotección de quienes trabajaban allí para tomarlos como cautivos. Así ocurrió en 1533. Uno de los peores sucesos tuvo lugar en 1535 cuando Barbarroja buscaba venganza por la conquista de Túnez por Carlos I. Se dirigió entonces a Maó, poniéndole sitio. Los mahoneses, desesperados por la falta de recursos, acabaron pactando con el pirata. Éste prometió respetar a unas cuantas familias, pero entró a saco en la ciudad y se llevó a más de quinientos cautivos en una noche de pesadilla.

Las incursiones seguían siendo constantes: en 1545 más de mil turcos atacan la ciudad de Eivissa, en 1544 se produce otro desembarco en Portocolom, y dos años más tarde en Estellencs, Banyalbufar y Santanyí. En 1550 Dragut -otro nombre mítico de la piratería- ataca la villa de Pollença al mando de 1.500 hombres. Los habitantes de la zona, capitaneados por Joan Mas, logran rechazarlo. A continuación se dirige a Cabrera, donde destruye el solitario castillo que vigila el puerto. La sensación de inseguridad es total en las fincas alejadas de las ciudades, donde la gente se defiende como puede en torres fortificadas, y se alertan haciendo sonar el corn por los campos. Aquellos que son capturados acaban en los baños de Argel, vendidos como esclavos o pendientes de elevados rescates que no todos pueden pagar. Para detectar la presencia de naves piratas, el doctor e historiador Joan Binimelis proyectó un sistema de torres de vigía que, unido a un código de señales, sería el único sistema de vigilancia de Mallorca hasta el siglo XIX. Las señales se realizaban con humo durante el día y con fuego por la noche. La misión de todos esos vigilantes, a veces en lugares tan expuestos como el castillo de Cabrera, era de lo menos envidiable. Tal como escribe Josep Mascaró Passarius: "La historia de los frecuentes descalabros que sufrieron estos hombres merece ser recordada para poner de relieve el valor que demostraban los mallorquines al ofrecerse voluntarios para ocupar el castillo de Cabrera, tantas veces perdido".

El episodio más destacable de esta guerra permanente es sin duda sa desgràcia de Ciutadella. En 1558 una flota turca compuesta por 140 barcos y 15.000 hombres ataca la capital menorquina. La guarnición, ayudada por la población civil, se defiende heroicamente. Pero las antiguas murallas medievales no resisten los impactos de la artillería y los turcos entran finalmente en la ciudad. Después de tres días de saqueo, Ciutadella queda completamente destruida. Entre 3.500 y 4.000 personas caen en manos de los turcos, y se desconoce el número de muertos, que hubo de ser muy elevado.

La presión berberisca motivó la construcción de nuevas murallas en Palma y Eivissa, así como del castillo de Sant Felip, en la entrada del puerto de Maó. Felipe II llegó incluso a plantearse la evacuación civil de las Islas en 1570, lo que afortunadamente no llegó a ser realidad. El recuerdo de esta época negra quedó en las leyendas populares y la toponimia, tan llenas de historias de moros, doncellas raptadas o renegados que vuelven para vengarse. Sin bien a las Balears les tocó sufrir el impacto de toda esa depredación pirática, justo es decir que desde las Islas se ejerció también un intenso corsarismo. Y que el rapto y esclavización de personas, el robo de bienes y el asalto de naves fue una moneda de cambio general en ese Mediterráneo agitado de los siglos XVI y XVII.
 Artà, patrimonio vivo - Historia y naturaleza -
VER RUTA
VER LIBRO
 Artà, patrimonio vivo - Itinerario Urbano -
VER RUTA
VER LIBRO
 Artà, patrimonio vivo - Entre el Mar y montaña -
VER RUTA
VER LIBRO
 Artà, patrimonio vivo - La Colònia de Sant Pere -
VER RUTA
VER LIBRO
 Artà, patrimonio vivo - La Playa de la Canova y el torrente de na Borges -
VER RUTA
VER LIBRO
 Artà, patrimonio vivo - Las playas perdidas -
VER RUTA
VER LIBRO
 Guía Natural. Ecosistemas de las Illes Balears. - Acantilados y arena -
VER RUTA
VER LIBRO
 Guía Natural. Ecosistemas de las Illes Balears. - Un mar entre continentes -
VER RUTA
VER LIBRO
 Las Illes Balears y el Mar Construcción Naval
VER RUTA
VER LIBRO
 Las Illes Balears y el Mar Piratas y corsarios
VER RUTA
VER LIBRO
 Menorca Norte. Tramuntana Ciutadella - Ferreries
VER RUTA
VER LIBRO
 Parque Natural de Mondragó
VER RUTA
VER LIBRO
 Parque Nacional Marítimo-terrestre del Archipiélago de Cabrera
VER RUTA
VER LIBRO
 Parque Natural de Sa Dragonera
VER RUTA
VER LIBRO
 Lluc-sa Calobra
VER RUTA
VER LIBRO
 Parque Natural de S´albufera de Mallorca
VER RUTA
VER LIBRO
 Ruta dels Santuaris a les Illes Balears
VER RUTA
VER LIBRO
 Ruta del Archiduque
VER RUTA
VER LIBRO
 Ruta del Tren
VER RUTA
VER LIBRO