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La Colònia de Sant Pere es el segundo núcleo de población de Artà. Se estableció en la costa, en una zona con fuerte personalidad geográfica, está perfectamente caracterizado por los acantilados de la sierra artanense, que delimitan una estrecha franja de tierra bañada por las aguas de la bahía de Alcúdia, entre el torrente de na Borges y el cabo de Ferrutx.

En esta franja costera, además del pueblo de la Colònia, se concentra también la mayoría de la población residente (unos 250 habitantes), se ubican los núcleos turístico-residenciales del Estanyol y Betlem. Conjuntamente, durante la época estival, ofrecen una capacidad para alojar a unas 2.500 personas, hecho que pone de manifiesto que se trata, todavía, de una de las zonas menos saturadas de la costa mallorquina. Hay escasos alojamientos turísticos y todos son de pequeñas dimensiones, ya que la mayoría de los veraneantes residen en viviendas unifamiliares, propias o de alquiler. Estas características hacen que tenga una fisonomía muy distinta de las típicas zonas turísticas masificadas y que se pueda disfrutar de un ambiente muy tranquilo y silencioso incluso en pleno verano.


La costa:

La costa, que va desde el Estany del Bisbe, en la desembocadura de na Borges, hasta el Caló, tiene unos 12 kilómetros. Baja y rocosa en general, despliega una amplia playa de casi 2 kilómetros de longitud en el extremo occidental: la Canova. Hacia levante frecuentan pequeñas calas excavadas en la arenisca, que suelen coincidir con las desembocaduras de los torrentes: l'Estanyol, cala Tonó, la macada de la Torre, l'Estret, l'arenalet dels Ermitans, ca los Camps, cala Mata, na Clara, el Barrancar y el Caló. Hay algunas que tienen pequeñas playas de arena o cantos rodados que las hacen adecuadas para los bañistas.

Las montañas:

Siempre a menos de un kilómetro de esta línea de costa se asoman las cimas de las montañas más altas de las sierras de levante: la atalaya Freda, el monte de Ferrutx, de Xoroi o la Tudossa. Forman una barrera de acantilados de unos 500 metros de altura que separan la Colònia del resto del municipio de Artà y le dan una fuerte personalidad paisajística. Son montañas rocosas y peladas con escasos bosques de pinos en las partes bajas.

Los campos:

Entre las montañas y el mar hay una llanura ligeramente inclinada, formada por numerosos abanicos fluviales que separan las torrenteras. Los terrenos son de cultivo, mayoritariamente de viñas y almendros, aunque también hay higueras, que configuran el paisaje rural de la zona paralela a la costa. Una línea de tamarindos actúa de barda protectora de los cultivos contra el viento de tramontana, muy intenso durante el invierno, y constituye una curiosa característica del paisaje de la Colònia.

La viña:

El principal cultivo introducido en las nuevas tierras cultivadas gracias a la colonización fue la viña, que ya había sido importante en la edad media, cuando Jaume II ordenó la siembra de viñas en la Devesa para abastecer las bodegas reales. La filoxera la afectó a finales del siglo XIX y principios del XX, pero se repobló una parte con pies americanos resistentes, aunque algunas sementeras fueron sustituidas por los almendros. Estos dos cultivos y el de la higuera han dado personalidad al paisaje agrícola colonial hasta la década de los ochenta, en que la viña entró en una fuerte decadencia y hasta finales de los noventa no se empezó a recuperar.

El pueblo:

El origen del actual pueblo de la Colònia de Sant Pere se encuentra en la Ley de colonias agrícolas y poblaciones rurales de 1868, dictada para favorecer el cultivo de nuevas tierras en unos momentos en los que el crecimiento de la población amenazaba con sobrepasar la producción de subsistencias. Los hermanos Homar, naturales de Alaró y propietarios de la Devesa, fundaron la Colònia en 1880 aprovechando los beneficios que concedía esta Ley. A lo largo de los años 1881 y 1883 y también durante los años noventa, numerosas personas solicitaron el alta como residentes, atraidos por los beneficios fiscales que suponía el estatus de colono. Algunas procedían de Artà mismo y otras de Felanitx, de Llubí, de Sant Llorenç, de Capdepera, de Santanyí, de Lloseta y de Manacor. En 1883 ya constaba como colonizada una superficie de 270 hectáreas, con 53 casas construidas y 66 familias empadronadas, de las que 41 vivían permanentemente en la Colònia. A partir de estos momentos el crecimiento disminuyó mucho hasta finales de los años 60, con el boom turístico. La población residente descendió entre 1940 y 1970 y pasó de 248 habitantes a 172. En 1950 se contaban 68 edificaciones agrupadas y 28 diseminadas. En 1960 había 75 edificaciones agrupadas y 41 diseminadas.


La colonia vista por Rafel Ginard:

Rafel Ginard da su particular visión del pueblo de la Colònia en dos textos de prosa poética recogidos en los Croquis Artanencs.

Él lo describía así el año 1929: "lugar de casas diminutas, casetas de feria o de belén, pobre y miserable, de tierra magra y corta, donde únicamente prosperan los tamarindos y un poco de viña, con poco más de patrimonio que el viento salobre, agua del mar y sol impecable [...]

Los edificios de Sa Colònia, diseminados en un bello desorden cerca de la playa descarnada y negra, llena de piedras, que recocidas por el sol han adquirido un color rojo tan rabioso que duele mirarlas y contrasta de una manera típica con las cenefas de cal que entornan las ventanas"

Treinta y cinco años después, en 1964, realizaba esta otra descripción: "El casco de las casas de Sa Colònia ha cambiado de aspecto. Primero era de tono rojizo. Ahora, el blanco predomina. Una campesina que se viste de señora. Pero, ciudadana o payesa, siempre me atrae Sa Colònia. De todos modos, antes, color tierra -call vermell o call roig- quizás me gustaba más".


La Colònia hoy

El pueblo de la Colònia hoy es un núcleo residencial de unas 500 edificaciones, la mayoría viviendas unifamiliares de una planta o dos, con una población fija de 250 habitantes, que aumenta sensiblemente los fines de semana y, sobre todo, los meses de verano. Un paseo marítimo para peatones, sombreado de tamarindos y desde el que se puede acceder a la playa y al muelle recorre la fachada marítima. El paseo del Mar se reformó el año 1999, tiene una longitud de más o menos un kilómetro, hay bancos y poyos para sentarse y diversos bares y restaurantes con terraza. La playa, dentro del núcleo urbano, está situada en la cala de ca les Llisses. Se trata de una playa artificial, de unos 100 metros de longitud y 25 metros de ancho, protegida del viento de tramontana por un escollo.


El muelle:

El crecimiento del pueblo se ha reflejado en la evolución del muelle, que hoy cuenta con unas 200 embarcaciones deportivas y una pequeña flota pesquera de 5 o 6 barcas, pero que es el resultado de diversas ampliaciones. Ubicado en la laguna del Fesol, originariamente era un pequeño embarcadero y varadero con capacidad para una docena de embarcaciones pequeñas. En el año 1969 el embarcadero se sustituyó por un dique más largo y se amplió el varadero. El resultado fue un muelle con capacidad para unas 70 embarcaciones. Antiguamente el muelle tenía una barrera de troncos que cerraba la bocana los días de temporal. El año 1997 se empezó la construcción del actual muelle, de 300 plazas, con una fuerte respuesta de los grupos ecologistas.

El interior del pueblo

El pueblo tiene una estructura urbana de manzanas ortogonales con calles que se cortan en ángulo recto y ha evolucionado a partir del plano inicial que levantó el agrimensor Antoni Bisquerra el año 1880. En estos momentos más de un 70 por ciento de los solares ya están construidos y la mayoría de las edificaciones son viviendas unifamiliares de una o dos plantas levantadas en los últimos 25 años.

Un paseo por el interior del pueblo permite ver aún algunas de las primeras casas de los colonos del siglo XIX, en las calles de Sant Lluc, Major y de Sant Mateu. En la calle de Sant Pau hay un molino de viento harinero muy bien conservado sobre un altozano de arenisca.

La iglesia de 1951, y el campanario, acabado en 1962, presiden la plaza de Sant Pere. Este nuevo templo sustituía el oratorio original de 1882. Junto al edificio principal hay una magnífica portada procedente de la posesión de Son Sureda.

Un poco de historia
La batalla del rey En Jaume


Antes de la creación de la Colònia, esta comarca ya había entrado en la historia de forma espectacular cuando, en 1230, el rey Jaume I el Conqueridor comandaba las tropas catalanas que rindieron a los musulmanes de las montañas de Artà. La gesta está relatada en el Llibre dels Feits, que cuenta cómo un ejército de 35 caballeros y algunos centenares de soldados catalanes y almogávares rindieron el 31 de marzo, después de un largo asedio, 1.500 sarracenos que resistían en las cuevas de los acantilados de la montaña, esperando refuerzos de Pollença que nunca llegaban. Esto sucedía muy cerca de la Colònia, en el barranco de la Jonquera.

La cacería real

En la época del Reino de Mallorca el protagonismo histórico de la Colònia continuó, ya que el rey Jaume II de Mallorca compró la Devesa, que incluía todas las tierras de esta franja costera y la convirtió en cacería real, repoblada con ciervos y jabalíes, querencia de los más hambrientos halcones del reino y cultivada con viñas para abastecer las bodegas de palacio.

La silueta elegante de la torre de la Devesa, a los pies del impresionante pico de Ferrutx, recuerda aún la importancia que tuvieron estos parajes durante la época medieval. Al margen de la Devesa, entre las edificaciones de origen medieval debemos citar las casas de la Canova, un predio fortificado que conserva la torre.

Testimonios de la prehistoria

Miles de años antes de todo esto, los pobladores prehistóricos de Mallorca ya habitaron estas tierras. Y si no se conservan documentos escritos, sí que han dejado importantes restos arqueológicos que abarcan desde el bronce antiguo hasta la época romana.

El poblado de navetas de na Xinxeta, el dolmen del Aigua Dolça, las cuevas Bartolines y la cueva del Capità (cuevas naturales retocadas), la cueva de la Devesa (cueva natural de enterramiento) y la cueva del Turó del Molí son algunos de los restos pretalayóticos más destacados.

La cueva del Turó del Molí se encuentra en pleno núcleo urbano de la Colònia, en la calle de Sant Mateu y será de fácil acceso una vez se haya acondicionado para la visita. Se trata del único ejemplo bien conservado de cueva artificial de enterramiento del municipio de Artà y se pueden observar todos los elementos típicos de este tipo de monumentos.

De la época talayótica se conservan también vestigios importantes, especialmente los restos del poblado de la Canova, que, aun sin excavar, demuestra que tuvo que ser uno de los grandes núcleos habitados de su época.

Aquí se pueden observar los restos de un poblado con muralla, un centro ceremonial formado por talayotes cuadrados, como el de les Llenques, santuarios y uno de los talayotes circulares más impresionantes de toda Mallorca: el talayote de la Clova del Xot. Este talayote, con un diámetro de 16,2 metros y una altura de 5,5 metros, conserva una columna central polilítica de tipo mediterráneo hecha con cinco piezas circulares de piedra superpuestas. Una de las características más espectaculares son las dimensiones de las piedras utilizadas en el aparato exterior, algunas de las cuales tienen cerca de 4 metros de largo y uno de ancho. Solamente con 6 hileras alcanza los 5 metros de altura.

El talayote cuadrado de les Llenques tiene 10,5 metros de lado y unos muros de 4 metros de altura, con el portal orientado hacia el sudeste.

Estas dos construcciones son fácilmente accesibles desde la carretera PM 3331, en la altura del punto kilométrico 1,350.

El pequeño poblado de can Pamboli es interesante sobre todo por su situación sobre un pequeño altozano a muy poca distancia de la costa, cosa poco frecuente en este tipo de asentamientos y que podría indicar una cierta especialización pesquera que tendría como base el puerto natural de ca los Camps.

Otro talayote bien conservado es el de can Blai, cuadrado y muy cercano al pueblo de la Colònia.

¿Qué son y para qué servían los talayotes?

El talayote es la edificación más característica y emblemática de la prehistoria mallorquina, tanto por su monumentalidad como por su abundancia.

Tienen un patrón bien definido: construcción de dos pisos en forma de torre troncocónica o troncopiramidal, según la planta sea circular o cuadrada. En el centro de la cámara inferior se levanta una columna polilítica de tipo mediterráneo que sirve de soporte central a un conjunto de losas radiales. Sobre esta estructura se levanta un piso superior sin columnas que debía cubrirse con un techo soportado por un envigado de troncos.

La época de construcción de talayotes fue entre los años 1000 y 800 a. C., durante el bronce final, y dejaron de construirse al inicio de la edad de hierro. Si son bien conocidas las tipologías y la época de la construcción, un aura de misterio y una cierta controversia han envuelto, en cambio, su función. Las primeras teorías han apuntado a diversas funciones utilitarias: torre de defensa, punto de vigilancia, residencia del jefe de la tribu..., pero ninguna de estas funciones se considera plausible hoy día, ya que el gran esfuerzo que supone la construcción no se corresponde con los supuestos beneficios prácticos de estos usos. Las interpretaciones más recientes apuntan a que los talayotes eran los principales elementos de centros ceremoniales asociados a prácticas rituales comunitarias y que, en muchos casos, los compartían los habitantes de diversos poblados. Estos centros debían consistir en una agrupación de diversos tipos de monumentos: talayotes de planta circular o cuadrada, turriformes,...alineados a lo largo de un eje longitudinal.

En estos lugares debían celebrar ceremonias relacionadas con la redistribución de las cosechas, sacrificios de animales, pactos intertribales, libaciones colectivas relacionadas con el paso de las estaciones o los ritos iniciáticos de los jóvenes. Socialmente debían tener una función de arquitectura de prestigio, que debía contribuir a reforzar el poder de los jefes territoriales más allá de su poblado. Así mismo, en otros casos, puede ser que se situaran en puntos significativos del territorio, como hitos simbólicos del dominio territorial de una determinada comunidad. Es, por tanto, una arquitectura de prestigio, asociada a una nueva organización que substituye a las pequeñas villas clánicas de navetas por una sociedad más compleja y jerarquizada, que habita poblados más grandes, amurallados y con una nueva tipología de viviendas de planta oval, y que cuenta con unos espacios segregados no domésticos: los centros ceremoniales compartidos con otros pueblos vecinos.


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